“Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. La tierra estaba desierta y sin nada, las tinieblas cubrían los abismos, mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Dios dijo: “Haya luz”, y hubo luz. Dios vio que la luz era buena y la separó de las tinieblas, Dios llamó a la luz “Día” y a las tinieblas “Noche”. Y atardeció y amaneció el día Primero”. (Génesis 1, 1-5)

“Salimos del movimiento realista. Un movimiento que acumuló materiales. Allí están. Ahora nos hace falta comenzar un enorme trabajo de organización... Un cuadro es una lenta elaboración”. (Henri Matisse en diálogo con Estienne. Extraído de “Tendencias de la Pintura Moderna”, Les Nouvelles, 12 de abril de 1909).

En tal elaboración transcurren los días y las noches de Mónica Packer, porque también durante el sueño se tejen imágenes, cuando detenidas en el subconsciente, afloran para insinuar una huella que la artista puede más adelante transformar en camino.
Esta transformación exige la luz del espíritu, el alerta de la conciencia, la voluntad de quien organiza las ideas porque vislumbra ya una estructura para su próxima composición. Mónica Packer ha convertido su vida en taller, respondiendo a una permanente actitud en la que el acontecer y el quehacer alternan con naturalidad, cuando cada día amanece una satisfacción agradecida por lo que ese día aportará y por lo que tal vez podrá ser materia prima para la creación.

Dueña de una buena formación teórica y técnica, adquirida junto a Félix Bernasconi, Guillermo Fernández, Club de Grabado, de 1978 en adelante, Mónica incursionó también en la escenografía con Enrique Badaró, en 1997. Desde 1982 hasta la fecha en su curriculum se suceden exposiciones, premios y distinciones en el Uruguay, Argentina, Bolivia, España, Estados Unidos y Holanda.

Colores y libros; pruebas de anteriores serigrafías que enriquecieron sus trabajos sobre papel; la historia, la letra y la imagen de lo vivido y lo conocido, alimentan sus percepciones a la hora de componer: tanto sobre lo0s grandes paneles como sobre los de menor tamaño, una organización que ubique en el plano brillante de rojo, amarillo o marrón, los signos de la luz, el recuerdo de la historia, las letras o las imágenes abstractas que remiten al pasado dando sentido al hoy. Si hace algún tiempo, del rojo partió Mónica al naranja, renace ahora aquel color en fulgores de amarillo que son luz, y a todo ello contrapone el marrón que los contiene, llevando la organización de su obra a una gran composición en la que todos los paneles creados se unifican en armonía. Hay una relación espacial que se cumple en cada obra y que se da entre la más pequeña superficie trabajada con papeles encolados, artesanales, texturizados, doblados, pintados, grabados, escritos, y el fondo de color unido y brillante que los soporta y los contiene.

La armonía de la realidad. La aceptación que purifica el entorno y al elevar su tono cumple el destino de superar los escollos mientras acierta en la elección del camino. Todo ha quedado expresado en estas reminiscencias de aquellas tablas que recibió Moisés y que hoy cuentan en otro lenguaje la misma angustia superada, cuando la noche de las culpas se transforma en días de brillo y color.

Elisa Roubaud